Si no es la semana que viene será la próxima
Entre la carrera de 250 cc y la caída de Jorge Lorenzo me he ido un ratito a la playa de Gavà. Aquello no parecía el Baix Llobregat, aquello parecía California con tanto famoso. En menos de 10 metros cuadrados me he encontrado a El Follonero y a Víctor Valdés. El primero, con su mujer e hijo, iba a dar una vuelta por el nuevo paseo Marítimo. El segundo estaba en la puerta de su casa hablando con voz ronca a su vecino: "Si no es la semana que viene será la próxima. Pero vamos, cuanto antes mejor" le decía mientras yo pasaba por delante. Hablaba de la celebración de la Liga, claro está.
Por cierto, el giro que ha dado el Barcelona con Guardiola ha sido espectacular no sólo a nivel futbolístico sino a también a nivel de entorno. El año pasado todo el mundo juraba haber visto a futbolistas en discotecas, fiestas y prostíbulos. Este año, en cambio, lo más oscuro de la vida privada que he escuchado -al margen de que Keita va a toda leche con su coche saltándose las líneas continuas porque sino llega tarde a las concentraciones- es que hay un jugador que de vez en cuando, entre semana, va camuflado a un escuela de fútbol religiosa para jugar pachangas y así mantenerse en forma. Eso es pecado.
También a nivel azulgrana hay una leyenda urbana fantástica que gira en torno a Guardiola. Dicen que el día antes de los partidos el míster se encierra a solas en su despacho, cierra los ojos y comienza a visualizar el match del día siguiente durante 45 minutos. Pasado este tiempo descansa 15 minutos y se vuelve a encerrar otros 45 para visualizar la segunda parte. Al día siguiente, si algo de lo que ha visualizado sucede, Guardiola se lo apunta en una libreta. Pagaría por leerla. ¿Qué coño? Pagaría sólo porque existiera.
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